Through the Eyes of the Panamanian

The first sound you hear as morning arrives over Panama City is the soft, rhythmic beat of a conga drum striking once, mingled with the distant call of a toucan in the jungle and the scent of fresh sancocho (chicken stew) and coffee drifting from a nearby home. That drum-sound carries our story back to a time of jungle and sea, when we lived as the peoples of Panama: the Kuna (Guna), Emberá, Ngäbe-Buglé, Wounaan, and other indigenous groups. Our ancestors created molas (colorful textile art) on the San Blas islands, knew the jungle as their home, fished with canoes in the Caribbean Sea and the Pacific. The Kuna lived in harmony with the sea and nature, the Emberá with their knowledge of plants and medicines, the Ngäbe-Buglé with their sacred places in the mountains. Every family knew the creation stories, the dances around the fire that filled the night with rhythm, communities where sharing was natural and respect for nature was the law. That was our golden time: a land of jungle, sea, and canal, where people lived with the Darién as mother and the two oceans as father, connected by art, nature, and freedom.

But then came the wave from outside, like a storm rising from both oceans. The Spanish colonized us in the 16th century, made Panama a transit route for gold and silver from Peru, plundered our wealth. The United States built the Panama Canal in 1914, but cut our land in two, controlled the zone until 1999. Every family knew the loss: an ancestor who worked for strangers, a child who learned freedom was forbidden on their own land, a culture that had to adapt to modern times. Independence in 1903 brought hope, but also the Noriega dictatorship, the 1989 invasion with thousands dead and neighborhoods destroyed. Every family knew the pain, the disappearances, the emptiness in the streets of Panama City.

From that depth rises a pride that is warm and resilient. The conga that still beats in carnivals, the molas handmade with care, the coffee from the highlands that wakes the world. Our people laughing through hardship, our youth rising for a better land, our bond stronger than the canal zone. We have found our voice again: full control of the canal in 1999, hope growing along the two oceans.

Yet the truth colors magenta like a sunset over the Darién. The scars remain: poverty in the jungle, migrants crossing the Darién, emigration of youth, pressure of climate change on our coasts. The outside world buys our bananas and our canal, but often does not feel the depth of a people who never broke.

Still, we remember in silence: around the conga where music is made, during Independence Day on 3 November when we raise our flag, in the jungle where the spirits still speak – never forgetting who we were. We tell our children of the Kuna and of independence, of the sea and the jungle, so they know: we were connected and strong before we were challenged.

And yet… the conga continues, warm and rhythmic, like a heartbeat that never falls silent. That is our secret: we have suffered under colonization, dictatorship, and division, but first we were a land of jungle and sea. For our children we build no walls, but a canal where everyone may sail. How do we let that drum-sound bring hope to everyone again? How does Panama remain a home of rhythm and unity?

January 2026

Manna Ori

 A Través de los Ojos del Panameño

El primer sonido que escuchas cuando la mañana llega sobre Ciudad de Panamá es el suave y rítmico golpe de un tambor conga que suena una vez, mezclado con el llamado lejano de un tucán en la selva y el aroma de sancocho fresco y café que sale de una casa cercana. Ese sonido de conga lleva nuestra historia de vuelta a un tiempo de selva y mar, cuando vivíamos como los pueblos de Panamá: los kuna (guna), emberá, ngäbe-buglé, wounaan y otros grupos indígenas. Nuestros ancestros crearon molas (arte textil colorido) en las islas San Blas, conocían la selva como su hogar, pescaban con canoas en el mar Caribe y el Pacífico. Los kuna vivían en armonía con el mar y la naturaleza, los emberá con su conocimiento de plantas y medicinas, los ngäbe-buglé con sus lugares sagrados en las montañas. Cada familia conocía las historias de la creación, las danzas alrededor del fuego que llenaban la noche de ritmo, comunidades donde compartir era natural y el respeto a la naturaleza era la ley. Ese fue nuestro tiempo dorado: una tierra de selva, mar y canal, donde la gente vivía con el Darién como madre y los dos océanos como padre, conectada por arte, naturaleza y libertad.

Pero entonces llegó la ola de afuera, como una tormenta que surgió de ambos océanos. Los españoles colonizaron en el siglo XVI, convirtieron Panamá en ruta de paso para oro y plata de Perú, saquearon nuestra riqueza. Los Estados Unidos construyeron el Canal de Panamá en 1914, pero cortaron nuestra tierra en dos, controlaron la zona hasta 1999. Cada familia conoció la pérdida: un ancestro que trabajó para extraños, un niño que aprendió que la libertad estaba prohibida en su propia tierra, una cultura que tuvo que adaptarse a tiempos modernos. La independencia en 1903 trajo esperanza, pero también la dictadura de Noriega, la invasión de 1989 con miles de muertos y barrios destruidos. Cada familia conoció el dolor, las desapariciones, el vacío en las calles de Ciudad de Panamá.

De esa profundidad surge un orgullo cálido y resiliente. La conga que aún suena en carnavales, las molas hechas a mano con cuidado, el café de las tierras altas que despierta al mundo. Nuestra gente que ríe a través de las dificultades, nuestra juventud que se levanta por una tierra mejor, nuestro lazo más fuerte que la zona del canal. Hemos recuperado nuestra voz: control total del canal en 1999, esperanza que crece a lo largo de los dos océanos.

Sin embargo, la verdad se tiñe de magenta como un atardecer sobre el Darién. Las cicatrices permanecen: pobreza en la selva, migrantes cruzando el Darién, emigración de jóvenes, presión del cambio climático en nuestras costas. El mundo exterior compra nuestros plátanos y nuestro canal, pero a menudo no siente la profundidad de un pueblo que nunca se rompió.

Aun así, recordamos en silencio: alrededor de la conga donde se hace música, durante el Día de la Independencia el 3 de noviembre cuando izamos nuestra bandera, en la selva donde los espíritus aún hablan – nunca olvidamos quiénes fuimos. Contamos a nuestros hijos de los kuna y de la independencia, del mar y de la selva, para que sepan: estábamos conectados y fuertes antes de ser desafiados.

Y sin embargo… la conga continúa, cálida y rítmica, como un latido que nunca se detiene. Ese es nuestro secreto: hemos sufrido bajo colonización, dictadura y división, pero primero fuimos una tierra de selva y mar. Para nuestros hijos no construimos muros, sino un canal donde todos puedan navegar. ¿Cómo hacemos para que ese sonido de conga vuelva a traer esperanza a todos? ¿Cómo Panamá sigue siendo un hogar de ritmo y unidad?

Enero 2026

Manna Ori

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