35 Chile

Through the Eyes of the Chilean

In the land where the Andes rise like a backbone to touch the sky, where the Pacific kisses the coast with cold waves and the Atacama Desert is the quietest place on earth, our story begins in a time of freedom and connection. Long before foreign ships arrived, we lived as the peoples of the Mapuche in the south, the Aymara and Atacameños in the north, the Rapa Nui on Easter Island. Our ancestors knew the earth as a mother: the Mapuche built rukas of wood and reed, honored the Ngenechen spirit, fought for their land with courage and strategy. The Aymara grew quinoa and raised llamas in the highlands, the Atacameños built irrigation systems in the driest desert. We had councils of lonkos, stories from the weavers, ceremonies around the fire where Pachamama was thanked. Every family knew the wind that crosses the Andes, the sea that gave fish, the mountains that protected. That was our golden time: a long land of peoples who saw nature as an ally, where differences were richness and freedom was in the breath.

But then came the wave from outside, like a cold wind from the south. The Spaniards arrived in 1540, with their swords and crosses, and called us Chile. They took our land, our people as encomienda slaves, our gods as heathen. The Mapuche resisted for 300 years – the Arauco Wars, the toquis who fought to the end. Every family knew the loss: an ancestor who fell, a language that survived in secret. Independence in 1818 brought Bernardo O'Higgins and José Miguel Carrera, but also chaos: civil wars, dictators, the Pacific War in 1879 that cost Bolivia and Peru their coast. The 20th century brought hope with Allende in 1970 – a socialist president who divided land, nationalized copper. But in 1973 came the coup: Pinochet, tanks on the streets, thousands disappeared, tortured in Villa Grimaldi and other centers, more than 3,000 dead, tens of thousands in exile. Every family knew the silence, the fear, the empty chair at the table.

From that depth comes a pride that is deep and resilient. The Mapuche who still defend their language and land, the copper that feeds the world, the poetry of Pablo Neruda that sings the sea and mountains. We have found our voice again: the truth commission after the dictatorship, the plebiscites, the women who took to the streets in 2019 for a new constitution. Our wine from the valleys, our seafood, our cueca dance that touches the heart – that is us. A people that survives, that forgives but never forgets.

But the truth colors magenta like a sunset over the Atacama. The scars remain: inequality that runs deep, Mapuche conflicts in the south, drought drying the rivers, youth emigrating. The outside world buys our copper and wine, but often sees not the pain of the disappeared, not the fight for justice.

Yet we remember in silence: on the squares where the cueca sounds, during Independence Day on September 18 when we raise our flag, at the monuments of the disappeared – never forgetting who we were. We tell our children of the Mapuche lonko and of Neruda, of the mountains and sea, so they know: we were free and connected before we were broken.

And yet… the Andes rise above the clouds, gray and strong after the storm, turquoise like the Pacific that always carries us. That is our secret: we suffered under colonization, dictatorship, and inequality, but we were first a land of peoples and poetry. For our children we fold no chains, but a question: how do we bring back that old connection, how do we let the Andes sing again for everyone, how does Chile become again a home of justice and hope?

January 2026

Manna Ori

35. Through the Eyes of the Chilean

A Través de los Ojos del Chileno

En el país donde los Andes se alzan como una columna vertebral para tocar el cielo, donde el Pacífico besa la costa con olas frías y el desierto de Atacama es el lugar más silencioso de la Tierra, nuestra historia comienza en un tiempo de libertad y conexión. Mucho antes de que llegaran barcos extranjeros, vivíamos como los pueblos mapuche en el sur, aymara y atacameños en el norte, rapa nui en la Isla de Pascua. Nuestros ancestros conocían la tierra como madre: los mapuche construían rukas de madera y totora, honraban al espíritu Ngenechen, luchaban por su tierra con coraje y estrategia. Los aymara cultivaban quinoa y criaban llamas en las alturas, los atacameños construían sistemas de riego en el desierto más seco. Teníamos consejos de lonkos, cuentos de los tejedores, ceremonias alrededor del fuego donde se agradecía a la Pachamama. Cada familia conocía el viento que cruza los Andes, el mar que daba pescado, las montañas que protegían. Ese fue nuestro tiempo dorado: un país largo de pueblos que veían la naturaleza como aliada, donde las diferencias eran riqueza y la libertad estaba en el aliento.

Pero entonces llegó la ola de afuera, como un viento frío desde el sur. Los españoles arribaron en 1540, con espadas y cruces, y nos llamaron Chile. Tomaron nuestras tierras, a nuestra gente como esclavos de encomienda, a nuestros dioses como paganos. Los mapuche resistieron 300 años – las guerras de Arauco, los toquis que lucharon hasta el final. Cada familia conocía la pérdida: un ancestro que cayó, una lengua que sobrevivió en secreto. La independencia en 1818 trajo a Bernardo O'Higgins y José Miguel Carrera, pero también caos: guerras civiles, dictadores, la Guerra del Pacífico en 1879 que costó a Bolivia y Perú su costa. El siglo XX trajo esperanza con Allende en 1970 – un presidente socialista que dividió tierras, nacionalizó el cobre. Pero en 1973 vino el golpe: Pinochet, tanques en las calles, miles desaparecidos, torturados en Villa Grimaldi y otros centros, más de 3.000 muertos, decenas de miles en exilio. Cada familia conocía el silencio, el miedo, la silla vacía en la mesa.

De esa profundidad surge un orgullo profundo y resiliente. Los mapuche que aún defienden su lengua y tierra, el cobre que alimenta al mundo, la poesía de Pablo Neruda que canta el mar y las montañas. Hemos recuperado nuestra voz: la comisión de verdad tras la dictadura, los plebiscitos, las mujeres que salieron a las calles en 2019 por una nueva constitución. Nuestro vino de los valles, nuestros mariscos, nuestra cueca que toca el corazón – eso somos nosotros. Un pueblo que sobrevive, que perdona pero nunca olvida.

Pero la verdad se tiñe magenta como un atardecer sobre el Atacama. Las cicatrices permanecen: desigualdad profunda, conflictos mapuche en el sur, sequía que seca los ríos, jóvenes que emigran. El mundo exterior compra nuestro cobre y vino, pero a menudo no ve el dolor de los desaparecidos, no la lucha por justicia.

Aun así recordamos en silencio: en las plazas donde suena la cueca, durante el Día de la Independencia el 18 de septiembre cuando izamos nuestra bandera, en los monumentos de los desaparecidos – sin olvidar nunca quiénes fuimos. Contamos a nuestros hijos del lonko mapuche y de Neruda, de las montañas y el mar, para que sepan: fuimos libres y conectados antes de ser quebrados.

Y sin embargo… los Andes se elevan sobre las nubes, grises y fuertes tras la tormenta, turquesa como el Pacífico que siempre nos lleva. Ese es nuestro secreto: sufrimos bajo colonización, dictadura y desigualdad, pero fuimos primero un país de pueblos y poesía. Para nuestros hijos no doblamos cadenas, sino una pregunta: ¿cómo traemos de vuelta esa antigua conexión, cómo dejamos que los Andes canten de nuevo para todos, cómo Chile vuelve a ser un hogar de justicia y esperanza?

Enero 2026

Manna Ori

35. A Través de los Ojos del Chileno

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